El horno donde cocíamos el pan, se muere. Sí, como la noria, la leña y muchos sentimientos que ya no volverán, porque tenemos la mente en otros sitios; todos estamos ya alejándonos de aquel efímero lugar para volar a la locura del asfalto. Teníamos agua de la fuente o de la albina, agua que sabía a agua, pero los humanos siempre queremos más, como sea, pero más y más, si fuera posible. Ahora miramos con nostalgia todo lo que, en su día, fue peor, pero sabemos que, seguramente, no volveremos a disfrutar. Y lo más terrible es que no nos hemos ido, nos han echado y para no volver jamás. Quizás no tengamos sitio donde estar, porque en nuestros lugares ya se habla otros idiomas y todo está vallado. Ahora estamos mendigando por calles extrañas y la gente es extraña y desconocida; nada es igual. Lo nuestro ya no es y, de allá a donde nos fuimos, acabarán por echarnos, porque ya no tenemos nada nuestro. Nada, ni siquiera nos dejarán los sentimientos, porque nuestras almas están vacías, tal como ellos procuraban. Por querer tener lo que no podíamos ahora ya no podemos tener lo que necesitamos, porque nos han hecho necesitarlo todo para que cayésemos en la trampa de la nada. Nos decían que los drones, nos traerían las viandas y el periódico a nuestra casa y ahora sabemos, que nos pueden traer tantas cosas, que da miedo pensarlo. Ya sabemos: La ciencia del bien y del mal en las manos de los buitres.
