Por sus áridas mejillas,
van las lágrimas de prisa,
por humedecer la voz
de penas que se eternizan.
Las bocas, gritan y gritan,
ante el batallón de sordos
y los angelitos rubios,
gritan al cielo: ¡Socorro!
La inocencia se derrama
en una arena de fuego;
les acercan un mañana,
sin un hoy y sin un luego.
Solo las madres suplican,
y al cielo, locas se agarran;
y los cielos se limitan,
a decir: ¡Mostrad las garras!
El cielo, sin responder,
se anda llevando las almas,
que no aciertan a entender,
que el cielo les pida calma.
Las madres corren y corren,
van preparando sus armas
y sus vientres les responden,
con almas a los sin almas.
La paz se muestra en jirones;
es una paz propiciada.
La propician los bribones,
que ostentan tan dura cara.
Los simios de risas blancas
enseñan sus dentaduras;
mordisquean, mientras danzan,
la danza de la locura.
Y el hombre, sí, el hombre humano,
muestra sus ojos llorosos,
y es que, el gritar de los niños,
no les permite el reposo.


